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14 días y 500 noches. Confinados en Brandenburgo.

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Mi número favorito se convirtió en el protagonista. Pero no por elegirlo yo para un sorteo o un juego de cartas. Era un 14 impuesto. Y del que no había escapatoria, el Ministerio de Salud alemán nos lo comunicaba en una carta de sobre marrón. Mi primera carta en nuestro nuevo domicilio alemán, que tanta ilusión me habría hecho en otras circunstancias, me advertía que ni podía reciclar esos 14 días.

La atención se centró en ese detalle como a propósito, para no encarar de repente una realidad nueva en todos los aspectos. Esa realidad de vivir en un país nuevo a la que nos íbamos acostumbrando día a día se frenaba sin darnos tiempo a reaccionar. Cambio de normas. Ahora tocaba estar encerrados 14 días en 30 metros cuadrados de incertidumbres. Menos mal que una de mis primeras compras en la ciudad habían sido las cómodas zapatillas de unicornio que me transmitían tranquilidad cuando miraba al suelo demasiado tiempo. Si había unicornios había esperanza.


 
 

Agradecí infinito que Raúl hubiese elegido aquél quinto piso. El último del edificio. Aunque tuviese que subir andando las escaleras que extrañé tanto esos 14 días. Fue una de las primeras cosas que me llamó la atención y me gustó del barrio: no había grandes y altos bloques. Nos dijeron que al ser Brandenburgo una zona llena de lagos no hace muy recomendable construir más alturas. Ni ascensores, ni garajes. Una de las muchas curiosidades que fui apuntando aquellos días en mi libreta. Quizá para un futuro post que se podría titular algo así como "Vivir en Alemania. Qué curioso es".

Ese quinto de grandes ventanas era la tele que no extrañabamos. Nos ofrecía cada día un episodio nuevo, la vida alrededor de un colegio en una zona residencial. Un bosque era el telón de fondo, una foto fija de árboles de los que aprecié como nunca los cambios de colores del otoño. Las hojas amarillas, rojas, marrones, verdes eran recogidas por los niños en el parque trasero del colegio con pequeños rastrillos y carretillas. Enfundados en monos de colores parecían duendecillos haciendo una súper tarea. Si al chico de mantenimiento se le daba por usar la máquina de aire hacía un ruido tan molesto (y esparcía las hojas aún más) que me obligaba a cerrar las ventanas y volver de aquel cuento que mi cabeza empezaba a escribir mentalmente. Si no antes, volvería en unas horas a mi espacio vip en la ventana para ver si sería naranja, rosa o gris la despedida del sol.



 

En la radio seguían hablando de Madrid, daban cifras y las comparaban con otras capitales europeas. No entendía lo distintas que podían ser las posturas y/o normas sobre un problema común que no entiende de lenguajes o colores políticos. Algunas noticias me parecían surrealistas. las discusiones políticas eran de un nivel tan bajo que nos mirábamos como avergonzados. "¿Esto lo verán fuera de España?" En caso afirmativo quizá eso explicaría las caras de algunas personas cuando conocían nuestro origen. Así que cambiabamos pronto para escuchar algún podcast. Nuestra admirada Nieves Concostrina fue una vía de escape en esas 500 noches. Porque a las cinco el sol desaparecía en el norte de Alemania dando paso a muchas horas sin sol. A muchas noches.

Intentamos hacer una rutina para no volvernos locos en un poco espacio al que ninguno de los dos estaba acostumbrado. A veces la cumplíamos, intentando no saltarnos las "clases de alemán" para intentar entender algo del idioma casi élfico que nos rodeaba. Nos desesperaba y fascinaba a partes iguales lo que íbamos aprendiendo.

Desde nuestra llegada podíamos contar con una mano las personas con las que pudimos comunicarnos en otro idioma que no fuese el alemán. Cuando el sanitario del hospital me habló en inglés le hubiese abrazado. Hasta dijo en plan simpático "Uno momentito" lo que me pareció encantador aunque lo dijese un marciano altísimo con deportivas blancas armado con un bastoncillo que me metería por la nariz y la garganta.

Era la segunda vez que me hacía la prueba, pero estaba mucho más nerviosa. Porque llevaba acumulados los días de cuarentena y porque la incertidumbre era muy mala compañera. Algunos síntomas y el contacto directo hacían que fuese distinto y en este caso peor. La primera había sido en el recién desaparecido aeropuerto de Schönefeld, donde al aterrizar tuve que hacerla como requisito obligatorio (y gratuito) para entrar en el país. El abrazo con Raúl después de tantos días sin vernos fue más breve de lo que quería. En el pabellón M una fila de militares oficinistas tomaron mis datos y me hicieron pasar a un cubículo donde un sanitario, también enorme, me indicó por gestos que abriese la boca.

Estaba tan contenta que me dio igual la prueba, así como tener que esperar a recibir el resultado para poder salir. Mientras debía guardar cuarentena, pero me daba igual. Esta vez no había prisa, ni siquiera billete de vuelta. El resultado negativo llegó 27 horas después de pisar Alemania y tras recibir esa misma mañana un mail que me levantaba el confinamiento no tardamos en salir para descubrir juntos Brandenburg an der Havel.


 
 

Una ciudad con muchos puentes, iglesias, calles de adoquines, casas en colores pastel y zonas verdes. Situada a unos 60 kilómetros de Postdam y a una hora en tren de mi querida Berlín. La capital a la que hubiésemos vuelto este verano sino fuese porque este año nada ha sido como parecía que iba a ser. Porque no fue un concierto de Pearl Jam sino una oferta laboral la que puso Alemania en el mapa de nuevo y rescató las mochilas del fallado.

Ellas que ya daban el 2020 por su año sabático, descansadas y preparadas para un invierno bajo techo se vieron de nuevo en movimiento. Y no para volver a Edimburgo lo que era una alta probabilidad si la situación en el mundo mejorase milagrosamente, ni siquiera al destino repetido y no por eso menos soñado, para cumplir nuestra particular tradición anual marroquí. Brandenburgo dejaba de ser el nombre de una puerta de Berlín para ser el escenario de un nuevo capítulo.


 

 

Fueron 14 días de mucha lectura sobre la historia de la ciudad y aprendí y conocí a sus habitantes mirando por la ventana. Mientras aprovechaba el ocasional sol, que había alguna mañana, veía cómo la calle se despertaba con trabajadores en bicicleta y los madrugadores del Kinder Garten. Y cómo sus últimos paseantes eran siempre el señor de plumífero y su gran perro con collar de luces azules. El trajín de los colegios era uno de nuestros relojes, perdidos a veces en días sin horas. La fila de coches abajo indicaba la hora de comer, si veía entrar a la conserje era que había madrugado demasiado. Mientras el tranvía era más puntilloso y nos indicaba los minutos de aquéllas horas, yendo y viniendo con poca gente en su interior, conducidos por una señora rubia, un hombre de gafas que se paseaba en los momentos de espera y un joven de cresta roja.

Incorporamos dos nuevas actividades a nuestra vida. Pintar y el yoga eran nuestros momentos de evasión, de colores y posturas imposibles, de silencios y risas. Sin móviles, ni datos de temperatura, nada que tuviese relación con la realidad tenía espacio. Las horas discurrían de otra manera, las pinturas dieron paso a los pinceles y empecé a colorear con acuarela. Encontré un pulso que no sabía que tenía y me sorprendió "verme" tantas horas sentada y ensimismada en aquél juego de agua y arcoiris.

No poder dar mis paseos matutinos por el bosque hizo que me sintiese oxidada. Había cambiado la silueta de las Cíes y mi carballeira, por un bosque con cementerio incluido a dos minutos del piso. Echaba de menos mucho mucho despertar con un aire muy fresco mientras las ardillas desayunaban. Andar sin rumbo, entre aquellos árboles que ya no eran eucaliptos sino robles, pinos y otros que aún no sé identificar. Encerrada, lo extrañaba y mi cuerpo también. Así que no dudé en dejarme aconsejar por mi querida hermana y gracias al yoga el confinamiento fue mejor. No sólo a nivel físico, estirando músculos olvidados y recuperando flexibilidad, haciendo posturas llamadas perro-vaca y otras tan impronunciables que podrían ser en alemán. El yoga también nos sirvió para alejar una ansiedad que aparecía por momentos y hacía aquél piso aún más pequeño.

Fotos haciendo yoga no tengo y de las acuarelas me da vergüenza a millones. Así que os dejo foto de otro momento curioso del día. "Leer" el periódico alemán, intentar adivinar qué ponía más exactamente. Elegía el suelo, además de para cambiar de opciones mobiliarias, porque son tan grandes que es la mejor opción si no quieres tirar el café o pringarlo con mermelada.


 

 

Los últimos días coincidieron con el resultado de mi test. No creí que me pondría tan contenta con el color verde en la pantalla de móvil. Tan convencida estaba de que el resultado sería positivo. Aquel "Negative" fue como un subidón de alegría que me habría permitido correr durante horas. Los audios que envié a familiares y algunos amigos me recuerdan esa felicidad que daba la tranquilidad. Nunca me alegré tanto de estar conectada como aquellos días, porque hablar "con casa" ayudó mucho mucho. Aunque el tema de conversación fuese el mínimo común múltiplo y el máximo común divisor como en las vídeo llamadas con Gala, el nuevo pienso de Harper o las rabietas de Issur que me contaba mi madre como buena abuela.

Los contactos habituales que me mostraba el móvil habían cambiado, nombres nuevos con un apellido común: Brandenburgo. Siempre agradeceré la amabilidad y disponibilidad de Carlos, nuestro vecino-contacto con el mundo exterior, y las gestiones y mil llamadas de Ahmed. Sin ellos hubiese sido mucho más difícil. A los dos: Vielen Dank!!

La virgen con niño de la etiqueta de aquél vino alemán nos vio brindar esa noche que duró mil horas. Creo que vigilaba si cumplíamos la tradición alemana de decir Prost y mirar a los ojos. Mientras en la radio sonaba "Space Man" y Raúl preparaba mi plato favorito, abrí la libreta y empecé a escribir. Necesitaba vaciar el espacio que todo aquello había ocupado en mí las últimas semanas. Un montón de líneas con sentimientos para todos los gustos y momentos. Sin orden aparente, pero todos relacionados con una vivencia que nos había hecho pensar mucho. Frases que contaban momentos divertidos y los que no lo fueron tanto. Párrafos que escondían pequeños aprendizajes, como en cada viaje. Esta vez el capítulo final se titulaba Negative pero no podía ser más positivo. Estábamos bien y eso, aunque suene a topicazo, era lo único importante.

Prometo que los próximos artículos serán más ordenados y viajeros. En el primer post de este otoño os iba a hablar de lo bonita y recomendable que es Brandenburg an der Havel pero resulta que me ha salido esto cuando he empezado a escribir. Quizá como respuesta a vuestros mensajes preguntándome por qué "este silencio". Algo que me sigue fascinando. Personas que extrañan mis historias, gente que no conozco me escriba con interés verdadero...Pues aquí está un pequeño resumen de los últimos 14 días y 500 noches. Y nuestra primera foto juntos en Brandenburg. Gracias por estar ahí cuando yo no estoy.


 

6 Comments

  1. Rubén dice:

    Qué maravilla de post y qué bien narras lo vívido. Me alegro muchísimo de ese negativo, que jamás fue tan “positivo”. Te deseo lo mejor en este nuevo inicio en Alemania, uno de los países a los que siempre vuelvo. Adoro recorrer sus mercados navideños y es una de esas tradiciones que cumplo anualmente, te pido que este año la disfrutes por mí. Un fuerte abrazo y gracias por descubrirme este Brandenburg.

  2. Kris dice:

    Menuda sorpresa ¡¡os habéis ido a vivir a Alemania!! Por trabajo… pero en menudo momento. También es casualidad. Tú acostumbrada al bosque y a los paseos por tu tierra entiendo cuando dices que lo echabas de menos. Encerrados entre cuatro paredes. Aunque con esas zapatillas seguro que las largas noches alemanas de final de primavera eran mucho más luminosas ¿o no?
    Un abrazo

  3. Olga dice:

    Super interesante esa experiencia. Me encantaría visitar Alemania, pero esta lectura renueva mis ganas. Un saludo afectuoso desde La Habana.

    • Maruxaina Bóveda dice:

      Hola Olga,
      Ojalá puedas visitar algún día Alemania, es un país de lo más interesante. Nuestra experiencia nos ha permitido conocer otros aspectos del país e intentamos sacar siempre el lado positivo aunque sea de un confinamiento 😉
      Muchas gracias por tu lectura. ¡Un abrazo hasta La Habana!

  4. Cris dice:

    ¡No sabía que os habíais ido a vivir a Alemania! Vaya comienzo de aventura confinados en Brandenburgo. Seguiré tus post atentamente, porque Alemania es un país que me encanta. A la vuelta de mi primer viaje me apunté a la escuela de idiomas para aprender alemán y allí estuve tres años hasta que me fue imposible seguir.
    Disfrutad mucho de esta nueva aventura

    • Maruxaina Bóveda dice:

      ¡Hola Cris!
      Muchas gracias por tu comentario 🙂
      Sí ha sido un inicio diferente sin duda…Qué bueno lo de tus tres años estudiando alemán, a mi me parece el idioma más complicado de todos los que he estudiado. Pero el país promete mucho y tiene aspectos que me encantan.
      Quizá nos encontremos por aquí el próximo año si todo va mejor 😉
      Un abrazo grande guapa.

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